Nace entre terracota carbonizada; férrea, escamosa y robusta. Flores con anhelos de humanidad. Pasiones: fuentes inexorables de caridad para el corazón. Sensibleras, consecuentes de un capricho doloroso, que es más pérfido que santo…
Vestigios con raíces incrustadas en la carne, alimentándose del alma. Tributos encarnados para lo que germina después de la aflicción, pues de la hiedra y la zarza también crecen flores en tonos carmesí. Flores cuyos pétalos nacen ya marchitos y, tras alimentarse de los pesares que brotan de entre sus llagas, su vitalidad rediviva es emblema de redención, y sus espinas, la penitencia por siempre a atribuir. ¡Qué absurdo más azaroso es presenciar, en carne propia, las discordantes voces y retratos que se entrelazan y serpentean entre sí, buscando dominio, presencia y potestad…!
Cada flor es su propio madrigal, dotando de preciosa armonía y musicalidad a su distinguida virtud, pero menguantes por su ambivalencia y abnegación entre ellas. Voces de flores sin un rey para que las cuide, pues de su pecho han nacido; mas ahora ellas velan por su cuerpo desvigorizado, cuya carne ha muerto, mas no su espíritu. Un cuerpo que ha dejado de ser propio y del que han brotado nuevas probidades, que ya no son subyugadas por la carne, sino, más bien, libres, con sus propias voces y retratos. Con sus propias culpas y penitencias, abandonadas por la incertidumbre de su existencia, pero con la emancipación de aquello que antes era una voz propia, que necesitaba morir para que ellas nacieran…
Flores de herencia tiznada: flores que son
capaces de germinar de la zarza y la hiedra, que permanecen encarnadas en la
carne aún sangrante de un cuerpo que se suscita como su trágico padre. Retratos
inocentes y tiernos; ingenuas de lo que habrá más allá de la terracota férrea y
robusta, más allá de la muerte, que fue quien les dio la bienvenida al mundo.
Flores que yacen solas ante la cruel incertidumbre del castigo más absurdo y
azaroso: estar vivo… Historias que yacen marchitas, cuyo legado es el desamparo
y abandono de cualquier vestigio previo de una vida anterior; de otras flores
que yacieron antes que nosotros y que ahora son el cuerpo de donde germina la
zarza, que es nuestro inmisericorde hogar.
Prevalecen con esperanza y determinación; dulces, inocentes e íntegras. Flores con sueños y esperanzas. Valores: lagrimales perpetuos de pesares y dolencias, que por siempre harán sangrar un cuerpo marchito, aunque estas ya no estén con él. Llorosas, pues no son más que los vestigios germinados de la carne tiznada de su trágico padre, encarnado en la zarza, injertado con la hiedra. Flores con sueños y voces humanas, más frágiles que sus mismos pétalos, más inquebrantables que la terracota robusta, que poco a poco van dejando atrás…











