Es
un tipo diferente de dolor regresar a casa y saber que no eres bienvenido, que
todo lo que queda a mi alrededor son solo despojos y basura a la que tanto me
aferro a sostener, como si al ordenarla pudiera devolverles la forma que alguna
vez tuvieron y acurrucarme a los pies de efigies sin sentido que no representan
ni en lo más mínimo lo que alguna vez significaron para mí.
Es
un tipo diferente de dolor cuando sientes que se te acaban las palabras bonitas
y la prosa, y solo quieres decir de la forma más cruda y honesta: “Estoy
cansado, y realmente no quiero volver a despertar”.
Es
un tipo diferente de dolor la realización de que las personas que siempre hacen
las promesas más bellas y absurdas contigo, en realidad, no se proyectan a
acompañarte a ningún futuro, porque para ellos no existe; porque siempre es más
fácil hacer promesas que saben no van a cumplir, porque, al fin de cuentas, no
tienen nada que perder contigo…
Porque
resulta tan paradójico e irónico que nos enseñen que el amor es el “Réquiem”
para las atrocidades que nos depara el mundo, mientras que, al mismo tiempo,
nadie nos prepara para cuánto duele y desgarra el espíritu haber amado de
verdad; cuán cruel es el amor que nos obliga a matar su forma más pura: la
ofrenda del corazón…
Y
es que, finalmente, me voy a redimir con mi concepción del amor, que no es más
que dolor. Algo tan puro y trascendental como llorar, para apaciguar el
espíritu y no perpetuar el sufrimiento. Es por eso que siempre me dolió
escribir, y porque siempre he estado un pie más cerca de la tumba cuanto más
escribo. Pero es un tipo diferente de dolor sentirte en cada palabra, en cada
letra…
¿Cómo
pudiste haber sido tan cruel de destruirme incluso mi deseo más profundo: la
muerte…? ¿Por qué habría de querer morir ahora, si no serán tus ojos lo último
que vea? Más importante todavía: ¿Cómo sabré que los míos te habrán llegado?
Para que los conserves y admires todo el tiempo que quieras…
Ningún
camino me llevará de vuelta a casa, porque perdí el sendero hace ya
mucho tiempo. Pero eso está bien, porque tal vez crecer es empezar a aprender
la diferencia entre resignación y aceptación. De todas formas, aquel lugar al
que llamo hogar dejó de existir hace ya mucho tiempo atrás…
Sí,
sin duda resulta ser un tipo diferente de dolor. ¿Será que siempre estuve roto
y por eso para mí la forma más pura de amor es el dolor? Tal vez, mi amor no
nació para ser admirado en esta generación. Quien lo entienda, sabrá cuánto
valor y coraje existe en dejar vivir el dolor. Porque es la forma más real de
decirle a los nuestros que los amamos, porque nos seguimos despertando y
esforzando a pesar de todo, a pesar de que nos duela.
Siempre me observaste, pero jamás sentí que realmente querías mirarme. Me es inevitable darme cuenta cuando alguien me “ama” por lo que cree que soy, y no por quien realmente soy. Creo que puedo permitirme ser osado y decir que tus ojos nunca me dijeron “te amo”, pero no me importaba. Yo era feliz escuchando el eco de los míos repitiéndotelo cada día…
Ahora
puedo aceptar que nuestro amor será para mí, lo que la luna siempre fue para el
sol. Admiraré nuestro amor como un eclipse, que es bello en sí mismo, no porque
sea eterno, más bien porque se acaba…
Pero
entonces, solo queda una última cosa por decir: por favor, ahora que me
empujaste al mar, permíteme ahogarme en paz… Ahora es mi turno de
aprender a nadar, y aunque me asusta, aunque me frustra, aunque me lastima,
entiendo que hundirme no es una opción, tampoco flotar a la deriva. Debo
recordar que lo que tuve fue real, y las fuerzas que eso me da para llegar a la
orilla.
Es
un tipo diferente de dolor ver que todas mis flores yacen muertas en la arena,
y que las mariposas ya migraron a otro lado. Ojalá y donde estén sean
apreciadas y amadas como merecen, porque como lo hice yo, no. Jamás.
Es,
definitivamente, un tipo diferente de dolor que, sin importar cuántas metáforas
y analogías imagine, no puedo escapar de la tormenta que es tan real como mis
pensamientos. Que, por más implacable e inclemente que sea, es lo único que
apacigua las llamas y me mantiene despierto, trayéndome de vuelta a la cruel y
humana realidad.
Cuán
crudo es el amor que jamás se pudre, sino que sigue sangrando, palpitando,
reaccionando al más mínimo estímulo, al eco de un recuerdo. ¿Qué tan fuerte
debe ser el estruendo para hacerme reaccionar y devolver la mirada al caos que
insisto en seguir llamando hogar?
Y
es que siento que estoy cada vez más cerca de finalmente culminar, sin que siga
doliendo mirar atrás. Porque crecer es entender la diferencia entre aceptación
y resignación. Porque haber sufrido profundamente es haber amado plenamente.
Y cuánto amé las cosas que perdí, para permitirles impregnarse en mi piel: para
herirme y marcarme, para acompañarme cuando necesite recordar por qué no debo
volver atrás.
¿Cómo
pude haber sido tan cruel de permitirme llamar al despojo y abandono amor?
¿Cómo pude haberme permitido ser tan cruel de silenciar mi corazón para
escuchar los latidos de alguien más? Alguien que ni siquiera se preguntaba si
yo todavía tenía pulso…
Pero
si vuelvo a reunir mis despojos, mis piezas rotas y mi corazón fragmentado, por
fin podré limpiar el caos que alguna vez llamé hogar. No para repararlo, sino
para regalarle digna sepultura y, de la forma más respetuosa, permitir que la
naturaleza vuelva a reclamar el mismo lugar que alguna vez me prestó para tener
un pequeño hogar, que fue tan real como mi ahogo y que, sin duda, fue bello en
sí mismo, no porque fuera eterno, más bien porque su culminación fue el dolor.
Ya que, al momento menos esperado, el Señor me tomó del hombro y me dijo
dulcemente: “Porque creíste que la tormenta duraría para siempre, pero para
cuando terminaste de recoger los escombros, el sol ya había salido de nuevo…”










