Poema en honor a Pedro Fabián Astudillo Molina
Salmos de piedra y grava, férrea armonía,
por
nosotros tus hijos. Oh, Señor de la Montaña,
rocíos
de orquídeas dulces velan, por aquellas raíces,
—mientras lloran—.
Tu nombre ahora en piedra.
Sendas bautizadas de gracia, erosionan la obsidiana,
fluyen germinando
vida. Oh, Señor de la Montaña;
circuló
de vuelta a ti, tu legado congregado,
a
recitarte estos salmos, brotando madrigales.
Tus manos faltarán para apoyarme;
me
entregué a tu fortaleza cimentada
de
compasión tierna y noble alma
ahora sus
pétalos tu nombre resguardan.
Salmos de piedra y grava, velen su semblante,
amorosos
perfilan con detalle cada margen,
entregado
a disposición del inmaculado.
Enraizado,
germinando en la montaña, en tu hogar.
Anúnciate en nuestros salmos. Oh, Señor de la Montaña,
haz
nuestro tu rocío tocado desde las raíces,
desde
un nombre instaurado en piedra férrea;
por
nosotros siempre tus hijos. Oh, Señor de la Montaña.
Tu palabra faltará para consolarme;
resguarda
mi nombre en tus recuerdos,
donde
ahora nosotros vemos piedra
tú ves
los brazos de tu hijo acogiéndote en paz.
